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	<title>Citas y fragmentos &#8211; Psic. Alejandro Portela &#8211; Logos del Alma</title>
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	<title>Citas y fragmentos &#8211; Psic. Alejandro Portela &#8211; Logos del Alma</title>
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		<title>Tercera consideración intempestiva: Schopenhauer como educador</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Portela]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Aug 2024 23:11:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Citas y fragmentos]]></category>
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					<description><![CDATA[[Cada hombre porta en su interior, como núcleo de su ser, una unicidad productiva; y, si llega a hacerse consciente [&#8230;]]]></description>
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<p>[Cada hombre porta en su interior, como núcleo de su ser, una unicidad productiva; y, si llega a hacerse consciente de esta unicidad, se difunde a su alrededor un extraño resplandor, el resplandor de lo extraordinario. Esto es para la mayoría algo insoportable, porque, como ya he dicho, los seres humanos son perezosos y porque de esa unicidad pende una cadena de molestias y esfuerzos. No cabe duda de que para el ser extraordinario que carga con esta cadena, la vida sacrifica casi todo aquello que se anhela en la juventud: jovialidad, seguridad, ligereza, honor, el premio de la soledad es el regalo que le hacen sus congéneres; el desierto y la caverna surgen de inmediato allí dondequiera que viva. Entonces tendrá que cuidarse de no dejar que lo sometan, de no sentirse oprimido, así como de caer en la melancolía]</p>



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<p>Friederich Nietzsche, «Schopenhauer como educador». Ed. Valdemar. España, 1999, p. 71</p>
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		<title>Tercera consideración intempestiva:       Schopenhauer como educador</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Portela]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Aug 2024 20:52:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Citas y fragmentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Friederich Nietzsche (CAPITULO I) Al preguntársele cuál era la característica de los seres humanos más común en todas partes, [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Por Friederich Nietzsche</p>



<p>(CAPITULO I)</p>



<p>Al preguntársele cuál era la característica de los seres humanos más común en todas partes, aquel viajero que había visto muchas tierras y pueblos, y visitado muchos continentes, respondió: la inclinación a la pereza. Algunos podrían pensar que hubiera sido más justo y más acertado decir: son temerosos. Se esconden tras costumbres y opiniones. En el fondo, todo hombre sabe con certeza que sólo se halla en el mundo una vez, como un &#8216;unicum&#8217;, y que ningún otro azar, por insólito que sea, podrá combinar por segunda vez una multiplicidad tan diversa y obtener con ella la misma unidad que él es; lo sabe, pero lo oculta como si le remordiera la conciencia. ¿Por qué? Por temor al prójimo, que exige la convención y en ella se oculta. Pero, ¿qué obliga al único a temer al vecino, a pensar y actuar como lo hace el rebaño y a no sentirse dichoso consigo mismo? El pudor acaso, en los menos; pero en la mayoría se trata de comodidad, indolencia, en una palabra, de aquella inclinación a la pereza de la que hablaba el viajero. Tiene razón: los hombres son más perezosos que cobardes, y lo que más temen son precisamente las molestias que les impondrían una sinceridad y una desnudez incondicionales. Sólo los artistas odian ese indolente caminar según maneras prestadas y opiniones manidas y revelan el secreto, la mala conciencia de cada uno, la proposición según la cual todo hombre es un milagro irrepetible; sólo ellos se atreven a mostrarnos al ser humano tal y como es en cada uno de sus movimientos musculares, único y original; más aún, que en esta rigurosa coherencia de su unidad es bello y digno de consideración, nuevo e increíble como toda obra de la Naturaleza y en modo alguno aburrido. Cuando el gran pensador desprecia a los hombres, desprecia su pereza, porque por ella se asemejan a productos fabricados en serie, indiferentes, indignos de evolución y de enseñanza. El hombre que no quiera pertenecer a la masa únicamente necesita dejar de mostrarse acomodaticio consigo mismo; seguir su propia conciencia que le grita: «¡Sé tú mismo! Tú no eres eso que ahora haces, piensas deseas».</p>



<p>Toda joven alma oye este grito día y noche y se estremece, pues presiente la medida de felicidad que, desde lo eterno, se le asigna cuando piensa en su verdadera liberación; mas de ningún modo alcanzará esa felicidad mientras se halle unida a la cadena de las opiniones y el temor. ¡Y qué desolada y absurda puede llegar a ser la vida sin esta liberación! No existe en la Naturaleza ninguna otra criatura más vacía y repugnante que el hombre que se aparta de su genio y no mira sino a derecha e izquierda, hacia atrás y al horizonte. Al final, es completamente ilícito atacar a un hombre así, pues no es más que envoltura exterior carente de contenido, una vestidura ajada, pintarrajeada, hinchada, un espectro aureolado que no suscita temor ni compasión. Y si con razón se dice del perezoso que «mata el tiempo», habrá que cuidarse seriamente de que un periodo, una época, que cifra su salud en la opinión pública, es decir, en las perezas privadas, muera realmente de una vez; quiero decir, que se la suprima de la historia de la verdadera liberación de la vida. Qué grande debe de ser la repugnancia de las generaciones futuras al ocuparse de la herencia de una época en la cual no regían hombres vivos sino apariencias humanas con opinión pública; por eso, probablemente nuestro tiempo será, para alguna otra lejana edad posterior, el más oscuro y desconocido, en tanto que el periodo más inhumano de la Historia. Camino por las calles nuevas de nuestras ciudades y pienso que de todas esas casas horribles que ha construido la generación de los que opinan públicamente no quedará nada en pie dentro de un siglo, y que también entonces se habrán derrumbado las opiniones de esos constructores de casas. En cambio, grande es la esperanza de quienes no se consideran ciudadanos de estos tiempos; y es que, si lo fuesen, habrían contribuido a matar su tiempo, y con su tiempo se habrían hundido; mientras que, por el contrario, ellos no querían sino que su época despertara a la vida, a fin de existir en esa misma vida.</p>



<p>Pero aun cuando el futuro no nos permitiera esperar nada, nuestra extraordinaria existencia en este «ahora» concreto -esto es, el hecho inexplicable de que sea precisamente hoy cuando vivimos a pesar de que existió un tiempo infinito para nacer, de que no poseamos nada más que un interesante y largo «hoy», y que es en él donde debemos mostrar la razón y el fin de que hayamos nacido justamente en este momento- nos alentaría enérgicamente a vivir según nuestra propia medida y conforme a nuestra propia ley. Tenemos que responder ante nosotros mismos de nuestra existencia; por eso queremos ser los verdaderos timoneles que la dirigen, y no estamos dispuestos a permitir que se asemeje a un puro azar carente de pensamiento. Esta existencia requiere que se la tome con cierta temeridad y cierto peligro, sobre todo cuando, tanto en el mejor como en el peor de los casos, siempre acabamos perdiéndola. ¿Por qué, pues, depender de ese pedazo de tierra, de esa profesión, por qué ocuparse en ofr lo que dice el vecino? Es puro provincianismo comprometerse con opiniones que un par de cientos de millas más lejos no comprometen. Oriente y Occidente son trazos de tiza que alguien dibuja ante nuestros ojos para burlarse de nuestro temor. «Quiero hacer el intento de alcanzar la libertad», se dice el alma joven, y, sin embargo, se lo impedirá el hecho mera- mente causal de que dos naciones se odien y se combatan, o que haya un mar entre dos continentes, o que en torno a ella se enseñe una religión que, no obstante, hace un par de milenios aún no existía. «Nada de esto eres tú», se dice el alma. Nadie puede construirte el puente sobre el que precisamente tú tienes que cruzar el río de la vida; nadie, sino tú sola. Verdad es que existen innumerables senderos y puentes y semidioses que desean conducirte a través del río, pero sólo a condición de que te vendas a ellos entera; mas te darías en prenda y te perderías. Existe en el mundo un único camino por el que nadie sino tú puede transitar: ¿Adónde conduce? No preguntes, ¡síguelo! ¿Quién fue el que pronunció la sentencia: «Un hombre no llega nunca tan alto como cuando desconoce adónde puede conducirlo su camino»?</p>



<p>Pero, ¿cómo podremos encontrarnos a nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso; y si la liebre tiene siete pieles, bien podría el hombre despellejarse siete veces setenta, que ni aun así podría exclamar: «¡Ah! ¡Por fin! ¡Éste eres tú realmente! ¡Ya no hay más envolturas!». Por lo demás, es una empresa tortuosa y arriesgada excavar en sí mismo de forma semejante y descender violentamente por el camino más inmediato en el pozo del propio ser. Corremos el riesgo de dañarnos de manera que ningún médico pueda ya curarnos. Y, además, ¿para qué sería necesario algo así cuando todo es un testimonio de nuestro ser: nuestras amistades y enemistades, nuestra mirada y la manera de estrechar la mano, nuestra memoria y lo que olvidamos, nuestros libros y los rasgos de nuestra pluma? Pero he aquí una vía para llevar a cabo este interrogatorio tan importante. Que el alma joven observe retrospectivamente su vida, y que se haga la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que has amado hasta ahora verdaderamente? ¿Qué es lo que ha atraído a tu espíritu? ¿Qué lo ha dominado y, al mismo tiempo, embargado de felicidad? Despliega ante tu mirada la serie de esos objetos venerados y, tal vez, a través de su esencia y su sucesión, todos te revelen una ley, la ley fundamental de tu ser más íntimo. Compara esos objetos, observa de qué modo el uno complementa, amplía, supera, transforma al otro, cómo todos ellos conforman una escalera por la que tú misma has estado ascendiendo para llegar hasta lo que ahora eres; pues tu verdadera esencia no se halla oculta en lo más profundo de tu ser, sino a una altura inmensa por encima de ti, o cuando menos, por encima de eso que sueles considerar tu yo. Tus verdaderos educadores y formadores te revelan cuál es el auténtico sentido originario y la materia fundamental de tu ser, algo que en modo alguno puede ser educado ni formado y, en cualquier caso, difícilmente accesible, capturable, paralizable; tus educadores no pueden ser otra cosa que tus liberadores. He aquí el secreto de toda formación: no presta miembros artificiales, narices de cera, ojos de cristal; antes bien, lo que tales dones ofrecen sería el envés de la educación. Mientras que aquélla no es sino liberación, limpieza de la mala hierba, de las inmundicias, de los gusanos que quieren alimentarse de los tiernos brotes de las plantas; es torrente de luz y calor, dulce caída de lluvia nocturna; es imitación y adoración de la Naturaleza allí donde ésta muestra sus intenciones maternas y piadosas, también es su retoque cuando procura evitar sus crueles e implacables envites transformándolos en algo beneficioso al cubrir con un velo las manifestaciones de sus propósitos de madrastra y de su triste locura.</p>



<p>Es cierto que existen otros medios para encontrarse a sí mismo, para salir del aturdimiento en el que habitualmente nos agitamos como envueltos en una densa niebla, pero no conozco ninguno mejor que el de recordar a nuestros propios educadores y formadores. Y he aquí porqué voy a recordar hoy a un educador y a un severo maestro del que puedo sentirme orgulloso: &#8216;Arthur Schopenhauer&#8217;, para recordar después a otros.</p>



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<p>Friederich Nietzsche, «Schopenhauer como educador». Ed. Valdemar. España, 1999. pp. 35-41</p>
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		<title>Nada más aterrador</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Portela]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Aug 2024 00:58:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Citas y fragmentos]]></category>
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					<description><![CDATA[«He llegado a la conclusión aterradora de que yo soy el elemento decisivo en mi vida. Yo poseo el tremendo [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>«He llegado a la conclusión aterradora de que yo soy el elemento decisivo en mi vida. Yo poseo el tremendo poder para hacer mi vida miserable o alegre. Para con otros y conmigo mismo, yo puedo ser una herramienta de tortura o un instrumento de inspiración. Es mi respuesta que decide si una crisis se escala o no. Son mis acciones que deciden si yo me ennoblezco o me degrado, y si humanizan o deshumanizan a los demás. Yo soy el poder en mi vida.»</p>



<pre class="wp-block-code"><code>                               Johann Goethe, (1749-1832)</code></pre>



<p>…Nada más aterrador, cierto, que un desmedido sentido de responsabilidad por la propia vida, por la propia obra o por el mundo, producto de la identificación con el poder. (&#8216;Titanismo&#8217; de la Sturm und Drang). Es la hybris por la que todo genio que se toma a sí mismo por el &#8216;creador&#8217;, paga con el espanto en su &#8216;temor de Dios&#8217;…</p>
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		<title>Exploraciones  en lo eterno. Incursiones en las enseñanzas de Nisargadatta Maharaj</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Portela]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Aug 2024 20:58:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Citas y fragmentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Ramesh S. Balsekar(Trad. Alejandro Portela) […Ahora estamos en condiciones de observar el modo en que funciona habitualmente nuestra psique, [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Por Ramesh S. Balsekar<br>(Trad. Alejandro Portela)</p>



<p>[…Ahora estamos en condiciones de observar el modo en que funciona habitualmente nuestra psique, el proceso mediante el cual nuestro deseo de experimentar dirige nuestro pensamiento consciente. Para ello, debemos remontarnos aún más al origen del pensamiento. ¿Por qué una imagen particular debería formarse en nuestra conciencia a partir de los muchos recuerdos almacenados en el banco mnemónico? ¿Por qué una imagen particular debería imponerse por sí misma o como reacción a un estímulo externo? En otras palabras, suponiendo que uno tiene una elección en el núcleo de sus percepciones conscientes, y sobre la base del hecho de que en cualquier momento dado puede haber solo una imagen mental consciente, ¿qué es lo que lleva a una imagen particular al primer plano con exclusión de todas las demás? La respuesta es que es el deseo de experimentar lo que condiciona la naturaleza de la atención de uno, basada en la identificación con un organismo particular como una entidad separada que trata al mundo exterior no como una manifestación objetiva heterogénea de la realidad subjetiva (que es) sino como una de multiplicidad irreparable. Es el deseo de experimentar &#8216;como una entidad separada&#8217; lo que convierte al mundo exterior en el enemigo múltiple. Lo que, entonces, dirige la elección de las percepciones de uno es el almacén mnemónico, las asociaciones apropiadas para ese constructo personal particular, la afinidad específica (ya sea positiva o negativa) con un estímulo externo particular de entre los muchos. El mismo espectáculo complejo afecta a la atención consciente de distintas personas de distintas maneras. Al observar una escena habitual en una carretera, distintas personas reaccionarán de distintas maneras porque cada una es más sensible a ciertas imágenes que a otras, ya sea de forma positiva o negativa. De hecho, esas reacciones podrían variar en diferentes circunstancias o en diferentes momentos porque, entretanto, el constructo personal se ha ajustado a la experiencia intermedia.</p>



<p>En esta etapa es necesario distinguir entre dos tipos de pensamiento: el pensamiento inconsciente intemporal (o pensamiento espontáneo) y el pensamiento consciente temporal, que es en realidad una conceptualización. El pensamiento inconsciente representa la percepción espontánea registrada instantáneamente y fielmente modelada sobre el mundo exterior homogéneo pero unido, y no tiene nada que ver realmente con la construcción personal y el deseo de experimentar; el pensamiento consciente, por otra parte, es conceptual, ilusorio y representa una sucesión temporal de imágenes más o menos alejadas de la realidad inmediata porque se basa en una elección que depende de la respectiva construcción personal y del deseo de experimentar. Los relatos de un testigo ocular de un accidente, por ejemplo, serán todos notablemente similares si se registran instantáneamente, pero, cuando se da tiempo para que el pensamiento consciente opere, habrán estado en funcionamiento conceptos basados ​​en la sensibilidad y la parcialidad individuales (positivas y negativas), y los informes posteriores variarán en un grado alarmante.</p>



<p>¿Cuáles son las características del pensamiento inconsciente y cómo opera? Cualitativamente, no difiere de lo que se conoce como mente total (en oposición a la mente que está dividida por la dualidad de sujeto-objeto), la potencialidad de todo pensamiento, porque la percepción consciente de la presente realidad por el pensamiento inconsciente, aunque limitada a aquellas vibraciones que llegan a los órganos sensoriales, es no obstante una manifestación directa de la mente total; no está corrompida por el ejercicio de ninguna elección o volición por ninguna estructura personal. El pensamiento inconsciente, o pensamiento directo, es el proceso de objetivación de lo que somos, que constituye el universo aparente y lo mantiene en la serialidad aparente de la temporalidad. Así, el pensamiento directo o inconsciente, una multitud en cuanto diferenciada de una multiplicidad, evanescente como el &#8216;kshana&#8217; (instante absoluto), es un atisbo de eternidad. Por otra parte, el pensamiento consciente o conceptualización se caracteriza por la identificación personal de un «yo» con un organismo particular como una entidad separada junto con la dependencia de la duración para su existencia. El pensamiento consciente o conceptualización no puede tener lugar a menos que el personaje central de todo ese pensamiento sea una entidad personal y el pensamiento se relacione con el mundo exterior sólo en la medida en que concierne a este «yo» durante un cierto período.</p>



<p>Lo que sucede en el caso de la conceptualización es que el «yo» en su búsqueda de la felicidad descubre que el mundo exterior no está preparado para adaptarse a sus necesidades particulares -el enemigo se resiste-, y así el «yo» encuentra más factible y mucho más fácil alcanzar la felicidad que busca en su fértil imaginación a través de un mundo que está totalmente centrado en sí mismo y que es capaz de controlar y condicionar. Cuando una persona en momentos de ocio observa la escena habitual en la carretera, la percepción es al principio inconsciente. modelada sobre el mundo exterior inmediato, hay una «identidad estructural» entre el mundo exterior y la imagen percibida en la medida en que tal percepción inconsciente conlleva la percepción, quizás parcial o incluso en su totalidad, de toda la escena como una imagen heterogénea, global y no de una multiplidad de aspectos no sólo separados sino opuestos entre sí. La percepción consciente, por otra parte, es muy diferente porque se basa en una elección hecha según la constitución del constructo personal y está, por tanto, centrada en un «yo». Primero está la percepción inconsciente inmediata, instantánea de la estructura general, y luego, de entre la multitud de aspectos de esa percepción inconsciente, la atención se centra en un aspecto particular, como una cara particular o una constitución particular en un individuo en la calle, o un vehículo particular, o lo que sea, y lo hace consciente al &#8216;aislarlo&#8217;. El punto significativo es que &#8216;la captación mental consciente de un aspecto particular en la percepción inconsciente tiene lugar en la duración&#8217;, puesto que mientras la imagen captada ya ha pasado al pasado, el fenómeno de la captación consciente proyecta el «yo» hacia el futuro. El pensamiento inconsciente no tiene duración porque es instantáneo, aunque, por supuesto, puede parecer continuo a través de renovaciones increíblemente rápidas; el pensamiento consciente sobre un aspecto particular detendría el proyector (y las renovaciones rápidas) y eliminaría de la realidad apararente de la escena la «toma» estacionaria para convertirla en una película imaginaria propia. Una prueba concreta de esto se encontraría en la experiencia cotidiana de ver una obra representada en el escenario. En la medida en que las imágenes mentales reproducen fielmente lo que está en el escenario, no hay pensamiento consciente, pero de vez en cuando, mientras se ve la obra, la mente divaga y se fabrican ciertas imágenes que tienen alguna relevancia para lo que está sucediendo en el escenario o incluso ninguna en absoluto. Ese pensamiento consciente es un pensamiento imaginario, una fabricación de imágenes que está totalmente alejada de la realidad aparente.</p>



<p>Es este tipo de pensamiento o conceptualización es lo que Maharaj solía instar a sus visitantes a evitarlo cuando les pedía escucharlo y no sólo oírlo, para profundizar en el significado que sus palabras transmitieran y no simplemente aceptar su sentido superficial. En el caso de algunos visitantes, alguna palabra o idea particular detenía la percepción instantánea, inconsciente y directa de lo que Maharaj estaba diciendo y los enviaba a ensoñaciones temporales conscientes de lo que habían leído u oído en algún otro lugar, que estaba de acuerdo o no con lo que Maharaj estaba diciendo. Obviamente, Ramana Maharshi tenía en mente ese tipo de pensamiento, esa conceptualización, esa fabricación de imágenes en la mente dividida cuando declaró que «el pensamiento no es la naturaleza real del hombre». Tal vez sea la incapacidad de captar el significado directo inmediatamente lo que da lugar al pensamiento; cuando el pensamiento directo o inconsciente conduce a la acción espontánea, ¿dónde está la necesidad del pensamiento consciente? El pensamiento consciente encuentra una apertura sólo cuando el «yo» se entromete y se aferra a cualquier residuo que pudiera haber quedado.</p>



<p>La conclusión a la que finalmente parecemos haber llegado es que es la percepción imperfecta, el pensamiento consciente, el hábito de conceptualizar lo que nos deja con la impresión de que el mundo exterior pasa tan rápidamente que nos quedamos con la sensación de tener tan poco tiempo que no podemos «quedarnos y mirar». Pero una percepción de lo falso como falso deja en claro que no es el presente el que pasa fugazmente ante nosotros con una velocidad enfermiza, sino que el momento presente es en verdad eterno y que son el pasado y el futuro conceptuales (en los que no hay lugar para el presente) los que son las ilusiones fugaces. Hemos descubierto que la sucesión horizontal del tiempo, la duración secuencial, es una consecuencia de la verbalización unilateral de nuestra mente dividida que no capta el mundo exterior instantáneamente, sino que lo interpreta perversamente captando fragmentos de él y llamándolos cosas y eventos. Y esta mente dividida, con su pensamiento consciente y su percepción imperfecta, no se da cuenta de su casi total irrelevancia en relación con el funcionamiento espontáneo del organismo psicosomático con su latido cardíaco, su respiración, su complicado sistema nervioso, glándulas, músculos y órganos sensoriales. El pensamiento reconfortante es que, como dijo Nisargadatta Maharaj, «la comprensión lo es todo». La mente dividida puede curarse a sí misma hasta alcanzar su totalidad original -y santidad- tan pronto como deja de aferrarse porque no son diferentes, siendo la primera como es sólo una actividad especializada de la segunda para llevar a cabo el funcionamiento de la vida cotidiana. La mente dividida debe mantener su lugar y restringir sus actividades a su vocación especializada o técnica. Sólo la comprensión puede lograr esto, cualquier esfuerzo sólo sería un fracaso de la entidad ilusoria individual que opera a través de la mente dividida…]</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Ramesh S. Balsekar, Explorations into the eternal. Forays into the teachings of Nisargadatta Maharaj. Cap 11. «La percepción perfecta». The Acorn Press, 1987, p. 127-131</p>
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		<title>Donde se tocan psicológicamente la experiencia religiosa de Oriente y Occidente según Jung</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Portela]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Aug 2024 00:36:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Citas y fragmentos]]></category>
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					<description><![CDATA[[…Una afirmación metafísica de esa índole es la idea del &#8216;cuerpo diamantino&#8217;, del cuerpo-hálito imputrecible, que nace en la Flor [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>[…Una afirmación metafísica de esa índole es la idea del &#8216;cuerpo diamantino&#8217;, del cuerpo-hálito imputrecible, que nace en la Flor de Oro, o en el espacio de la pulgada cuadrada. Este cuerpo es el símbolo de un notable hecho psicológico que, justamente porque es objetivo, aparece primero proyectado en formas proporcionadas por las experiencias de la vida biológica, esto es, como fruto, embrión, niño, cuerpo viviente, etc. Se puede expresar este hecho, de la manera más simple con las palabras: «no vivo yo, me vive». La ilusión de superioridad de la conciencia, cree: yo vivo. Si esa ilusión se desplomara a causa del reconocimiento de lo inconsciente, lo inconsciente aparece como algo objetivo en el que está engastado el yo. Acaso la actitud frente a lo inconsciente sea análoga al sentimiento del hombre primitivo a quien un hijo garantiza la continuidad vital; un sentimiento muy peculiar que puede hasta adoptar formas grotescas, como en el caso dei viejo negro que, indignado por su hijo indócil, exclamó: «Allí está con mi cuerpo, y ni me obedece».</p>



<p>Se trata de una modificación del sentimiento interno, similar a la que experimenta un padre a quien le nace un hijo; una modificación que nos es también conocida a través de la confesión del apóstol Pablo: «Pues ahora no vivo, sino Cristo vive en mi». El simbolo «Cristo» es, como «Hijo del Hombre», una análoga experiencia psíquica de una esencia espiritual superior en figura humana, que nace invisiblemente en el individuo, un cuerpo neumático que nos servirá de alojamiento futuro, al que se puede poner como un vestido («que os habéis puesto a Cristo»). Naturalmente, es siempre cosa dudosa expresar en lenguaje conceptual, intelectual, sentimientos sutiles que son por cierto infinitamente importantes para la vida y bienestar del individuo. En cierto sentido es el sentimiento del «ser sustituido», pero en verdad sin la adición del «ser destituido». Es como si la conducción de los asuntos de la vida fuera pasada a un lugar central invisible. La metáfora de Nietzsche, «libre en la absoluta necesidad más amorosa» no habria de estar totalmente fuera de lugar aquí. El lenguaje religioso es rico en expresiones plásticas que des- criben ese sentimiento de la libre dependencia, de la calma y de la devoción.</p>



<p>En esta notable experiencia percibo un fenómeno resultante del desligamiento de la conciencia, en virtud del cual el «yo vivo» subjetivo pasa a un objetivo «me vive». Tal estado es experimentado como más elevado que el anterior, como si en realidad fuera una especie de liberarse de la compulsión e imposible responsabilidad que son la consecuencia inevitable de la &#8216;participation mystique&#8217;. Este sentimiento de liberación, que colmó plenamente a Pablo, es la conciencia de la filiación divina, que redime del hechizo de la sangre. Es también un sentimiento de reconciliación con lo que acontece en general, por cuya razón la mirada del Consumado, en el &#8216;Hui Ming King&#8217;, retorna a la belleza de la naturaleza.</p>



<p>En el símbolo paulino de Cristo se tocan la experiencia religiosa más alta de Occidente y Oriente. Cristo, el héroe cargado de dolores, y la Flor de Oro, que se abre en la sala purpurea de la ciudad de jade: ¡qué oposición, qué diferencia inimaginable, qué abismo histórico! Un problema apropiado para obra maestra de un psicólogo del futuro…]</p>



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<p>C. G. Jung/ Richard Wilhelm, «El secreto de la flor de oro». Ed. Paidós. España, 1996. pp. 67-69</p>
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